Los bienes de capital actúan dirigidos por el trabajo humano

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FUNDAMENTOS DEL VALOR ECONÓMICO

  1. Los bienes de capital actúan dirigidos por el trabajo humano

Los bienes de capital potencian el trabajo en la tarea del hombre por humanizar la materia. El error de cálculo del pesimismo malthu­siano deriva de no prestar suficiente atención al hecho de que la aparición de maquinaria permite a la sociedad producir los «bienes salario» -en terminología de Malthus- con una cantidad menor de trabajo-fuerza. Con su visión negativa del progreso económico que no ofrecía ninguna solución para mejorar el nivel de vida de las masas, no observó que el ahorro adicional de las gentes se podía invertir en la producción de mercancías duraderas de capital que potenciaban la eficacia productiva del trabajo futuro.

«Hoy en día, al ir aumentando la riqueza general, crece de conti­nuo la fecundidad del capital y mayor es el papel que desempeñan, en los procesos productivos, las máquinas y herramientas. Los mara­villosos progresos económicos de los últimos doscientos años fueron conseguidos gracias a los bienes de capital que los ahorradores en­gendraron y a la intelectual aportación de una élite de investigadores y empresarios». 7

Los sofisticados bienes de capital, que ahora aprovechamos, es­tán a nuestra disposición gracias a la actividad ahorrativa de las pasa­das generaciones. Somos seres privilegiados de la era informática y de la comunicación que, sin percatamos de ello, nos estamos aprove­chando del originario ahorro acumulado por pescadores primitivos, quienes, al fabricar las primeras redes y embarcaciones, estaban de­dicando parte de su tiempo a la tarea de aprovisionarse mejor para un futuro más remoto. Tenemos más medios de potenciar nuestro trabajo gracias a que nuestros antepasados los produjeron para noso­tros.

Los bienes de capital, factores intermedios ayer producidos, son los medios instrumentales idóneos en orden a incrementar la produc­tividad del trabajo.

Los bienes de capital ejercen su influencia sobre el origen de la relación real del valor, no por sí mismos, sino en cuanto que son actuados, dirigidos, por la causa eficiente, es decir, por la actividad humana.

Por ser instrumentos producidos con la intervención de la tierra, y especialmente del trabajo, muchos autores han considerado el capi­tal unido a los recursos materiales, naturales. Y otros, entre los que se hallan los defensores de la teoría del valor trabajo, lo consideraban trabajo incorporado. Dicha consideración como trabajo incorporado se debía a la opinión de que era el producto del trabajo humano desplegado en el pasado, con el fin de incrementar la efectividad del mismo trabajo humano.

En la teoría de la productividad marginal el interés se considera­ba el pago por el uso del capital y tenía su causa en el hecho de que incrementaba la efectividad o productividad de la fuerza de trabajo. Por otra parte, los capitales que requieren iguales cantidades de tra­bajo para su producción recibirán cantidades iguales en concepto de retribución. La retribución de todo capital está determinada por la retribución que corresponde a la última unidad de capital añadida.

Adjudicar a los bienes de capital una eficiencia por sí mismos desvirtúa la realidad instrumental del capital, que sólo es eficiente en la medida en que es utilizado por el trabajador. La eficiencia de los bienes de capital deriva de la causa principal eficiente que lo utiliza. El hombre es prioritario a los bienes de capital, transmite a éstos el fin y,

por tanto, el valor en último término. Los bienes de capital serán causa eficiente instrumental en cuanto sean perfecta­mente dóciles al trabajo humano. Es un error atribuir a estos bienes una potencia independiente. Incluso habría que distinguir entre pro­ducir más mercancías y producir más valor, entre la productividad física o técnica y la productividad económica o de valor. Si ya es dudoso que la productividad física pueda ser desvinculada del traba­jo, lo que es totalmente erróneo es atribuir a los instrumentos de capital una productividad en términos de valor, ya que esa producti­vidad tiene referencia inmediata al fin y éste sólo se lo da el trabajo directivo.

Los factores de posteriores producciones ayer producidos no se constituyen en elemento propio e independiente. Los bienes de capi­tal son engendrados siempre por la conjunción de los recursos natu­rales y el trabajo. De hecho carecen de capacidad productiva propia. Deberíamos añadir, con Mises, el tiempo.

En los bienes de capital cabe distinguir dos efectos: el que origi­na el instrumento de capital, gracias a sus propias características, y el que nace del influjo de quien lo maneja. En el clásico ejemplo del pincel en manos del artista, el pincel facilita la aplicación de la pintu­ra sobre el lienzo según sus propias características; el paisaje plasma­do en la tabla es causado principalmente por el arte del pintor, a través de la acción del instrumento. El arte que posee de modo per­manente el pintor es adquirido de forma transeúnte por el pincel en la medida en que es utilizado por él. El buen pintor siempre tiene la capacidad de pintar un buen cuadro; el pincel, sólo en cuanto que es llevado por su mano maestra. El pincel no tiene capacidad pro­ductiva propia en términos de valor. Sólo ayuda a crear valor cuando es actuado por el artista.

Los instrumentos, para que ejerzan su labor de mediación, aun­que tienen que adaptarse en sus formas a los bienes materiales que deben transformar, han de adecuarse con la máxima perfección a las características del ser humano que los dirige. El desarrollo tecnológi­co tiende a volver a las necesidades reales de la actividad humana, al tamaño correcto del hombre, evitando el gigantismo tecnológico que deshumaniza y, por tanto, autodestruye. 8

Es lo que Schumacher defiende con la expansión de la tecnología intermedia, a pequeña escala, más descentralizada, con formas de organización, incluso, que usen más mano de obra, tales como las que persisten en la economía japonesa y que han contribuido a su vigoroso crecimiento. El desarrollo tecnológico debe ir parejo al desarrollo cultural del trabajo humano. De lo contrario, se crearán islo­tes de gigantismo tecnológico hiperdesarrollado junto a grandes ma­sas de gente marginada a niveles tecnológicos primitivos.