El fundador reconocido de la Escuela de Salamanca fue Francisco de Vitoria (ca. 1485-1546), gran teórico del derecho y pionero en la disciplina del derecho internacional. Vasco de nacimiento, de familia próspera, criado en Burgos, al norte de España, Vitoria se hizo dominico y marchó a estudiar, y luego a enseñar, a París. Allí, en una de las ironías de la historia del pensamiento, fue discípulo de un flamenco que había sido alumno de uno de los últimos ockhamitas, John Mahor. Este hombre, Pierre Crockaert (ca. 1450-15143), había estudiado y luego enseñado teología siendo ya de edad madura, Crockaert, apartándose de su maestro Major, abandonó el nominalismo y se aproximó al tomismo, entrando en la Orden dominica y llegando a impartir docencia en el Colegio dominico de Saint-Jacques, en París. Después de pasar unos diecisiete años en París, embebiéndose de tomismo y enseñándolo, Vitoria regresó a España para impartir teología en Valladolid, acabando finalmente, en 1526, en Salamanca –reina entonces de la universidad española- como principal profesor de teología.

Murray N. Rothbard,  Historia del Pensamiento Económico. El pensamiento Económico hasta Adam Smith. Vol. I. Clásicos de la Libertad. Madrid, Unión Editorial, S.A. Madrid 1999, pp 132-136.

Entre los temas de carácter económico que examinaron los doctores españoles podemos incluir la naturaleza de la propiedad privada; las cargas impositivas; la ayuda a los pobres, es decir, los sistemas “asistenciales”; el comercio; el “justiprecio” y la usura; y el dinero, la banca y el intercambio exterior. 

Grice-Hutchinson, El pensamiento económico en España (1177-1740) Barcelona, Editorial Crítica,1983, p .107.

Schumpeter se dio cuenta de que las raíces del análisis económico descansan en la filosofía moral más que en el mercantilismo, como la mayoría de los historiadores anteriores habían sostenido. La principal corriente, en opinión de Schumpeter, se originó con Aristóteles y la escolástica medieval, incluidos los doctores de los siglos XVI y XVII

Grice-Hutchinson, El pensamiento económico en España (1177-1740) Barcelona, Editorial Crítica, 1983, p. 17.

España, gracias a los cambios operados en los últimos años del siglo XX, se integrará en la Europa unida del siglo XXI con posibilidades crecientes de bienestar general y de prosperidad. Parece como si el cambio de siglo y de milenio marcaran una nueva época en la que lo hispano pasara a recuperar el protagonismo y la hegemonía que le corresponde, en Europa y en el nuevo mundo, por tradición cultural y civilizadora. En suma: por su historia.

Gonzalo Anes. 1900-2000 Historia de un esfuerzo colectivo. Volumen II. Juan Velarde Fuertes coordinador. Fundación BSCH Madrid 2000.p. 741

En todo ese aparatoso instrumental científico sofisticado y probabilístico difícilmente se distinguía -como decía Balmes- la posibilidad del hecho real y su existencia, y también era muy difícil poder vislumbrar la persona humana de carne y hueso que al fin y a la postre era siempre el protagonista de cada decisión económica. El  pensamiento y el razonamiento económico se disfrazaban así con el positivismo del paradigma científico de la naturaleza inanimada, olvidando el talante moral o inmoral de los actores de la ciencia sobre la que se quería pontificar, así como cualquier consideración ético-filosófica.
La naturaleza además parece que es creativa. En la cosmovisión científica actual la formación de nuevos seres que pertenecen a tipos ya existentes es un proceso cuasicreativo. Los físicos, por ejemplo, concuerdan en que los electrones, fotones, átomos, moléculas, estrellas gigantes o enanas, las galaxias y los meteoritos se comportan todos ellos legalmente, pero sus leyes no son del tipo de las leyes de la mecánica newtoniana o de la estabilidad aristotélica. Esas leyes no nos permiten, aún utilizando las herramientas electrónicas más sofisticadas, predecir con certeza lo que va a pasar. Un efecto concreto no es el resultado de una igual, constante y única causa sino que innumerables causas convergentes dan lugar a tal efecto original, y cada nuevo descubrimiento abre la puerta a otro universo desconocido. El canto llano y monocorde de la naturaleza hay que sustituirlo por la música polifónica con un sin fin de voces armonizadas de forma magistral.
Jose Juan Franch Meneu – Dinamismo económico, tiempo y ciencia. Notas a pie de página.

Pero precisamente porque el valor económico hace referencia siempre a la persona humana[9] concreta  y sin parangón -y con todo su universo de preferencias subjetivas y de objetivos de vida entrelazados- la economía debe tratar de conocer esos fines preferentes[10] y el orden[11] de su importancia circunstancial así como las leyes que rigen su actuación. Las disciplinas económicas necesitan imperiosamente  conocer la naturaleza humana con toda la variedad de su riqueza. Y  no pueden por lo tanto  recetar soluciones y estrategias estereotipadas en masa[12] porque cada uno actúa y demanda según su diferenciada situación y tiene que estar siempre abierto a lo inesperado[13].

Jose Juan Franch Meneu

El hombre es un animal que desea y que raramente alcanza un estado de completa satisfacción, excepto durante un corto tiempo. A medida que se satisface un deseo, sobreviene otro que quiere ocupar su sitio. Cuando éste se satisface, pugna otro todavía en el fondo, etc. Es una característica del ser humano, a lo largo de toda su vida, el hecho de que prácticamente esté siempre deseando algo. Nos encontramos, entonces, con la necesidad de estudiar las relaciones de todas las motivaciones en particular, de modo que nos hallamos enfrentados concomitantemente con la necesidad de renunciar a las unidades motivacionales aisladas, en el caso de que queramos establecer el amplio entendimiento que andamos buscando. 

Maslow, A.H.,  Motivación y personalidad, Flamma, Sagitario, 1975, p. 73.

Ricardo, al referirse al contenido de su teoría del valor, afirmaba: «Es una doctrina de la mayor importancia en economía política y de ninguna otra fuente proceden tantos errores y tantas diferencias de opinión como de las ideas vagas que se conectan con la palabra valor».

Ricardo, Principios de Economía Política y Tributación, Ayuso, Madrid 1973.

La problemática del valor tiene repercusiones prácticas impor­tantes en todo el ámbito del actuar económico. No es una cuestión meramente nominalista; no es algo puramente especulativo. El pro­blema del valor afecta necesariamente a la conducta humana e impli­ca incluso el problema de la felicidad del hombre y, por consiguien­te, el de la sociedad.

La teoría del valor ocupaba entre los clásicos un lugar prominen­te y tanto sus aciertos como sus errores tuvieron una influencia defi­nitiva sobre la actividad económica práctica. Hoy en día apenas se reflexiona sobre estos problemas. Es más fácil encontrar filósofos que se inmiscuyan en el campo eco­nómico -a veces con notable ingenuidad- que economistas que estudien los problemas básicos de su materia con cierta perspectiva filosófica.

Para seguir investigando sobre la variedad complementaria en competencia dinámica que es el objeto e hilo conductor de este ensayo económico, conviene recordar de nuevo que –tal y como se estudió en el primer apartado de este trabajo de investigación- la problemática del valor[2] se encuentra en el centro de toda explicación y comprensión de la actividad económica. Si la economía es la ciencia del valor[3], a éste habrá que referirse siempre en todo análisis fundamental. Por ello, y dado que el valor[4] económico[5] lo hemos definido como una relación real de conveniencia última, complementaria, concreta y futura de los  bienes  valorados a los  objetivos –también complementarios, presentes y futuros-   de los  usuarios finales, en economía –que muchos autores definieron como la ciencia de la riqueza[6]– todo gira en torno a la persona humana. La economía, o es humana o no es economía. Y si es humana quiere decir que la economía es libre. Podemos decir que la economía es la Ciencia del valor porque siempre valoramos en libertad[7] desde el interior de nuestra propia subjetividad no aleatoria.

Jose Juan Franch Meneu

Se puede concluir que la percepción es una cierta «síntesis» de sensibilidad y de pensamiento. Mejor todavía, más que hablar de síntesis que suena demasiado a extrinsicidad, digamos que la misma percepción es un pensamiento, no puro y abstracto, sino en cuanto está objetivado inmediatamente en los contenidos sensibles; un pensamiento que «incorpora» a sí la experiencia. Por esto se ha dicho justamente que el momento esencial en la percepción es la «incorporación del significado» (micote). La percepción, por tanto, ni es sensación pura ni pensamiento puro; más bien se trata de «pensamiento vivido», al que no puede ser extraño el mismo pensamiento puro, y sin el cual no es posible formar alguna de pensamiento puro. En esta inmanencia de lo abstracto en lo concreto, y la correspondiente incorporación de lo uno en lo otro, las que posibilitan tanto nuestro pensamiento como nuestra percepción.

Fabro Cornelio, Percepción y pensamiento, (Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, S.A., 1978) p. 33.